jueves, 15 de agosto de 2013

El escudo de la hormiga

Pérfida, así la llamaban las obreras y aquellas que también eran capaces de multiplicar su fuerza de manera descomunal para recaudar toda la alimentación que el denominado grupo rojo debía buscar, salvaguardar y administrar con equidad y talante.
            En Pérfida había una fusión extraña y carismática de valores y sensaciones hacia aquel grupo al que ella no llamaba rojo, sino marrón. Tal vez, la diferente calificación utilizada por un bando y otro era lo más idóneo de aquel asunto bélico, conocido como subsistencia.
            Tres inviernos debieron aguardar en la hormiguera. El pálido color del viento les susurraba la época del año en la que se encontraban.
            Los pasos inseguros de Pérfida en busca de las diminutas, sonaban como el estruendo de una tormenta en el arrecife inhóspito de Maguisari. Sin embargo, el olor áspero y la desaparición de aquel sombrío color las obligaba a modo de cañón a abandonar el cobijo. Así como la escasez. Miedo se llamaba la primera puerta y calor abrasador la cuesta pasaporte a la primera miga de pan, tan sudorosa como necesaria y deliciosa.
            Pérfida, la mañana anterior, había robado y colocado un trozo de hojaldre con miel en el poyete de la ventana trasera del patio descubierto. Más abajo, a la izquierda, había un maloliente cubo azabache, rodeado de un camino Café. Pasadas unas horas tras el segundo hurto, el cual no tenía el mismo destino, Pérfida desmenuzó el hojaldre alrededor del mugriento cubo. En la hormiguera la sabana incesante de trabajo había culminado, al asustarse con un grito externo: “Agatha, aligera esas manos cortando jamón, estoy hambriento”. Parecía que también existía un horario lectivo de cómo se debía trabajar, al igual que un horario laborable producto de una sociedad ensimismada en el mañana.
            Esporio estaba educado para hacer sus necesidades en el cubo, pero el intento canino a menudo resultaba fallido, producto de ello fue la descomposición de aquel hojaldre que la pequeña Agatha había troceado casi como el jamón para su abuelo.
            La mayoría del grupo rojo creía ser consciente de la grata sorpresa que debían encontrar al día siguiente cuando se apresuraran a la búsqueda. Sin embargo, todo aquello parecía una cosecha arrasada por una tempestad en tiempos de posguerra. Las obreras y las más interesadas del grupo se habían reclutado a modo de toque de queda en la hormiguera tras la cansada labor cometida, el efecto posterior no sería más que un mar de lágrimas. El precipitar de las zapatillas que antes provocaba un temor estruendoso, ahora se había convertido en el anhelo de una figura humana. Ya no estaba Pérfida, ni el hojaldre, ni el resto de miel en la ventana, ni siquiera se divisaba el gran camino Café, sino un mero grano café pálido.
            En ese momento el padre de Agatha ya marchaba a la ciudad con su familia, el lugar quedaba desterrado, solitario, vacío, y lo peor, limpio de migas, rastrojos y desperdicios. El sino había dado un vuelco para ambos bandos.