miércoles, 27 de marzo de 2013

A mitad del camino

Hoy, como de costumbre, desde hacia unas décadas atrás, Santiago, ese ente que se había encargado de hacerme creer que fuera de aquella jungla la palabra derecha e izquierda serían decisivas para cruzar las nuevas vías dispersas y aunque menos intrincadas, solían morder como el capataz de aquella tribu esclavizada, había decidido abandonarme a mitad del camino.
Las hojas rotas y la lluvia ácida se habían convertido en las señalas de humo que no del todo supo enseñarme deslumbrar, y como poco su comportamiento mostraba un hostil compañerismo.
Fue entonces cuando el cometido decidió cambiar de dirección, y entonces las señales de humo se clarificaban, al fin y al cabo ya no era el mismo. Tal vez el fuerte viento hubiera sido el talismán que le proporcionó aquel giro de casi más de 180 Grados.
Una figura que parecía pasar desapercibida para todos se escondió del resto y sucumbió las fuertes tempestades al son de un espejo rojo e incluso apedazado. Santiago siempre decía que no le gustaba tener espejos porque en la ciudad la gente estaba obsesionada con el tema. Casi pude pensar que no me había abandonado, pero también recordé cuál era el color favorito de Santiago, y os podría asegurar que no era rojo. Estaba atónito, perplejo e inmóvil a imitación de los pinos silvestres que antaño me miraban impacientes. Y de entre todas las cosas había conseguido aprehender que las mitades no eran nunca equitativas, y por eso odiaba que me hubiera abandonado a mitad del camino. Porque aún no había aprehendido a diferenciar dónde quedaba la derecha y la izquierda, porque se me había borrado el lunar que pintó en mi dedo índice, a modo de libro aristotélico.

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