Nos dimos la sonrisa después de soltarnos.
Brillar era su manera de existir. Era como el sombrero mojado de las tardes de otoño. Tardes propicias para la meditación, la agonía, el deseo, la marcha y el regreso. La ida y la vuelta nunca estuvieron tan ligadas, al menos no con una mano tan tersa. Nos miramos al quedarnos. Nos miramos al marcharnos. ¿Dónde debíamos intercalar el límite? Tal vez, donde no hubiera final.
Me gusta como manejas los contrarios, estructuras muy bien los textos.
ResponderEliminarTe sigo!! ^^
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