domingo, 1 de septiembre de 2013

Comprar una memoria ciénaga

 Vio unos ojos tenues, cansados, incluso rojos y luego escuchó un ruido, un espantoso ruido, extrañamente familiar. O al menos eso pensaba. Tal vez, sucediera antes el pálpito. No recordaba si quiera el orden temporal de los acontecimientos más recientes, ¿cómo recordaría entonces las últimas palabras, el último despido del tren alcantarillado? Vio unos ojos negros. Eran negros, eso aún no le había dado tiempo de olvidarlo. Despertó dejando atrás la vidriera que escondía esos observadores ojos negros.
No sabía cómo tenía la capacidad de intercalar pensamientos a gran escala, como éstos se entrometían en su mente casi como  una abeja amarilla en un panel color glicina cuando el sol ya ha dejado de calentar. Pero ignoraba aún más la oscuridad de las respuestas a sus preguntas. Preguntas plenas, llenas de pasado aunque vacías de presente y futuro; por la ignorancia en las que erradicaban. Escuchó un ruido. Estaba segura. 
La sala era tan amplia como solitaria, y sabía que esto no era una relación de causa y efecto. O al menos eso sería lo que diría si un juez la interrogara con voz altiva. La abandonó desdeñada.
No dijo que no recordaba porque le producía un estoico miedo. Era una sensación similar como la que solía tener cuando visitaba  aquel pantano, aunque ella ya no lo supiera. 

-Me llamo  Ellen- susurró empapada en frío sudor.

+Interesante. Es evidente que usted también escuchó ese ruido. Está aquí y eso lo confirma.- fue contundente en su respuesta. Y ello le resultó impactante.

Tenía propiedad, afirmaba casi exhortando y le daba rabia no recordar porque eso la hacía callar. 

-Y tú- se permitió tutearlo a pesar de todo- ¿Cuál es tu nombre? El mundo es infinitamente grande como para que no tengas nombre, está repleto de ellos, podrían aniquilar al resto si tuvieran vida.- Dijo con una voz acusadora. 

+Yo... eh... Creo que ya lo dije antes, ¿no lo recuerda?- preguntó asombrado.

-No juegues conmigo. Quieres ser inteligente, o tal vez lo seas, pero no conoces quién ni cómo soy, y por supuesto tampoco sabes cómo fue ese ruido para mí ni para mi cabeza, por lo tanto no sabe si ello me condujo hasta aquí- golpeando una puerta escapó enojada.

Estaba de nuevo en la sala que le provocaba esa pesada apatía. Sin embargo él quedó allí, no sabía si esperando de nuevo a ese ruido desconocido que transportara a Ellen, a esa mujer, niña, y desencaminada alma hacia el jardín en el que quedó plantado durante cinco horas llenas de brisa. 
Estaba tan guapa como aquel día lejano, desde el cual habían pasado ya cinco estíos, dos primaveras y treinta y ocho ásperos inviernos. Un día en el que escuchó campanas victoriosas, que no anunciaban malos augurios como las de los domingos por la tarde. Parecía que en ese maldito lugar la gente elegía el día en que morir, sin mayor variedad que una copia sucesiva.


Un olor le sacudió la cara. Se había quedado dormido, tenía que escapar él también. Subió a un tren alcantarillado, donde regaló el último trozo de pan duro y aprovechó para deshacerse de ese trozo de cartón que olía a mierda. Odiaba hacer trasbordo, aunque llevara toda la vida deambulando. Retomó una bicicleta tras abandonar una mochila gris color tiempo. Y entonces no volvió a ver ese cartel de bienvenida situado en lo más alto de la periferia.
Ellen iba bien abrigada, y ricamente acompañada por su madre o madrastra para los convecinos de la aldea. Estaba alegre, llena de vida, con un paraguas en la mano porque se caracterizaba por ser una fémina precavida. Vio unos ojos negros. Los vio y tuvo que verlo tres veces seguidas. Entonces escuchó un ruido. Su instantáneo gesto le desveló que se trataba de una vieja bicicleta, que ya venía chirreando  desde hacía unos minutos. He ahí la razón por la cual no le sorprendía los infinitos recorridos que pudiera tener. Unas ruedas que teletransportaban hechos, y consecuentemente también recuerdos.

+Disculpe, ¿me permite?- dijo alzando la voz.

No abrió la boca, obedeció esquiva y lejana. Y vio unos ojos negros. 
Ellen quedó serena y dormida. Despertó llena de vitalidad y durmió agotada. Al tercer día corrió buscando una brisa. Unos ojos negros, una voz imperante y repetida. Sin embargo, eligió las proximidades de una estación ferroviaria para buscarla, aunque no la atormentarían los característicos ruidos del lugar, ya que era el día de descanso semanal. Sí, era domingo y sólo se oirían campanas. Campanas de fúnebre resonar. No estuvo tan acertada como el dinero de la Señora Williams.


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